
Jaqueline Robles
Cae la noche sobre el cerro del Fortín y el viento fresco del valle trae consigo un murmullo antiguo. En los tendidos de un Auditorio Guelaguetza con lleno total, miles de miradas apuntan al escenario a oscuras. No hay prisa; hay expectación. Es la noche en que Oaxaca apaga el bullicio cotidiano para encender la memoria y dejarse llevar por la tragedia más hermosa de nuestra tierra: la leyenda de la princesa Donají.
Bajo la organización del Gobierno Municipal de Oaxaca de Juárez, encabezado por el edil Ray Chagoya, esta última función de la temporada se consolidó como un éxito rotundo de convocatoria y logística. La masiva asistencia de locales y visitantes confirmó que la riqueza cultural de la capital sigue siendo el motor de nuestras tradiciones más vivas.
El silencio se apoderó de la Rotonda de las Azucenas cuando retumbó el primer golpe de tambor. Un escalofrío recorrió las gradas. El olor a copal comenzó a flotar entre el público y las luces proyectaron sombras gigantescas que simularon a los antiguos guerreros zapotecas y mixtecos. De pronto, los miles de asistentes dejaron de estar en el presente; la danza los trasladó a los tiempos en que las montañas de Monte Albán atestiguaron una historia donde el amor y la patria colisionaron.
Pasión que eriza la piel
Cada cuadro dancístico fue un despliegue de color, fuerza y elegancia. Los pasos firmes de los guerreros, los movimientos delicados de las vírgenes zapotecas y la vibrante música ejecutada por el Ballet Folklórico de Oaxaca envolvieron a todo el recinto en una sola respiración.
El punto culminante llegó con el choque inevitable entre el deber y los sentimientos: el idilio roto de Donají y el príncipe Nucano, el cautiverio y la decisión final de una mujer dispuesta a entregarlo todo por la libertad de su pueblo. El público contuvo el aliento, atrapado por la fuerza dramática de la escenografía y las antorchas iluminando la noche.
El milagro del lirio y el aplauso de un pueblo
Hacia el desenlace, cuando la narración evocó el hallazgo de aquel lirio silvestre brotando intacto a orillas del río Atoyac -símbolo inmortal del rostro de Donají-, una ola de aplausos estalló en todo el auditorio. La emoción fue palpable: familias enteras de pie, visitantes extranjeros maravillados registrando el momento con sus teléfonos y oaxaqueños con el pecho henchido de orgullo.
La función concluyó con una ovación de pie que retumbó en todo el valle. Al abandonar las gradas bajo el cielo estrellado, el público se llevó consigo algo más que un espectáculo visual: la certeza de que, con el impulso de las autoridades municipales y la entrega de sus artistas, la historia de Oaxaca no se lee en los libros… se canta, se baila y se siente en la piel..






